DE CUANDO SURGIERON LOS CUERVOS
DE CUANDO SURGIERON LOS CUERVOS
LA CASI VIDA DE PORFIRIO
Porfirio ya no recordaba cuándo fue la última vez que había sido él mismo al completo, sin dobleces ni ambages, vivía en el mundo de la indefinición, se había acostumbrado a ser pero sin ser realmente, a sentir pero sin sentir completamente, a desear pero sin una convicción absoluta. Vivía en el mundo del casi casi, no recordaba cuándo ni por qué descubrió que el mundo del casi casi era su verdadero mundo, un mundo ideal para un SS como se llamaba él a sí mismo. Porfirio se levantaba por la mañana y en un acto casi reflejo comenzaba a pensar en las sistuaciones casi casi que había vivido el día anterior. Gustaba de ir a los grandes almacenes y coger diferentes productos acercándoselos a la bolsa como si fuera a robarlos, algunas veces la adrenalina había alcanzado tal nivel que en un acto de heroísmo había conseguido acercarse al guardia de seguridad y había representado su papel de falso hurtador con la descarga energética que le producía el saberse mirado y observado. Por supuesto, todo aquello no dejaba de ser un mero papel teatral porque nunca se le pasó por la cabeza el ser un ladrón de verdad, el completar el acto le hubiera sacado de su mundo del casi casi para pasar al mundo del ser real, total ,completo, y él , recordemos, era sólo un ser a medias.
En cuanto al sexo, Porfirio había encontrado en el casi casi su verdadera erótica del placer, no pensaba que aquello pudiera ser una parafilia simplemente lo consideraba un complemento, el aderezo más apropiado para su yo SS al que él tanto apreciaba. En la oficina donde pasaba las horas intentando trabajar había encontrado en sus compañeras el vehículo ideal para dar rienda suelta a ese ser a medias, había descubierto que entre la realidad y la ficción había un mundo a medio camino, y era el mundo del fetichismo, el mundo mágico de la transformación a través del símbolo. Porfirio era fetichista, llevaba siempre colgado o en su bolsillo una piedra de jade cuyo significado real sólo él conocía. Éste sí era su verdadero juego de ser a medias, aunque en un principio así no lo percibiera porque el fetiche se había convertido para él en su piedra angular, en su tótem sacrificial, el placer que le proporcionaba le hacía sentirse casi casi completo.
El poder de la piedra era sólo conocido por él los demás podían mirarla, tocarla acariciarla sin saber el verdadero alcance mágico que dicho mineral poseía cuando comenzaba el ritual de la autosatisfacción, la erótica del placer onanístico, por otra parte, la única erótica verdadera a la que podía aspirar ; Porfirio tenía pánico a las mujeres, las consideraba seres maléficos siempre con intenciones subterráneas capaces de succionarle, subyugarle hasta acabar con su más pura esencia.
Lo que en principio parecía ser un simplemente juego, un mero desahogo sin más, se convirtió en su única y verdadera sexualidad, cuando sacaba el jade ante sus compañeras éstas se veían atraídas por la piedra, la cogían, la acariciaban sentía su tacto suave y pulido.Era perfecto nadie relacionaría los dos componentes principales del jade: la jadeíta, la nefrita y la serpentina, como las verdaderas cualidades mágicas del tótem tan apreciado. La piedra metamórfica cumplía su función, le hacía sentirse superior, poderoso, como una sacerdotisa que custodia el verdadero poder de creación y transformación de su ídolo maléfico.
Para ciertas ocasiones especiales, aquellas en las que la víctima del engaño era merecedora de un trato algo más especial, quizá por haber desarrollado en él una mayor atracción o por sentirse poderosa y animalmente inclinado hacia ella, sacaba un jade labrado; la piedra, entonces, adquiría forma, la metamorfosis llevaba incluida la simbiosis y el tótem reflejaba ya no sólo su falo sino el elemento complementario, el que le daba verdadero sentido, poder y vida. En esas ocasiones Porfirio sacaba su joya, un jade que representaba una zorra comiendo las uvas. La zorra que abriría sus puertas, las puertas del placer supremo y le haría alcanzar, en la soledad de su miserable vida agónica, un ápice de goce supremo que él consideraba celestial.
En una ocasión, no consiguiendo alcanzar el umbral de placer buscado e intuyendo que las puertas de lo que él consideraba el cielo no iban a ser suficientes para calmar su deseo, logró ser casi casi un amante, trasladó al ámbito amoroso el juego que tanta emoción le producía en los grandes almacenes; el convertirse en casi casi amante era una situación de superexcitación paralela a cuando simulaba los intentos de robo delante de los guardias jurados, era bordear la línea de la realidad, pasar del casi casi le veo una teta , al casi casi podría correrme con ella.
Porfirio ,no en vano, sabía que tenía que cambiar, aquella erótica del ser a medias le estaba estrangulando, sentía añoranza y dolor por el vacío que había dejado en él aquellos años en que fue capaz de sentirse un ser completo y pleno, hacía ya ¡tanto tiempo de eso¡, que apenas podía recordarlo, quedaban huellas indelebles de la satisfacción de sentirse completo y real y no podía vislumbrar, nada más que a partir de recuerdos quizá inventados, cuál había sido la causa, el tránsito hacia este nuevo tipo de existencia donde el goce y agonía iban unidos, vida y muerte, eros y thanatos estaban presentes en su existencia de forma indeleble como el acíbar a la derrota, o el sufrimiento a la muerte; había comenzado a sentirse cansado, hastiado y buscaba desesperadamente un refugio donde poder encontrarse, al fin, de nuevo, donde poder mirarse al espejo y no ver únicamente un fantoche di legno, una máscara histriónica a la que sólo le queda entrar en los años de la vejez, sino ver a la persona que¡ por fin¡ le queda por vivir el resto de su vida en completa armonía con su cuerpo y sus sentimientos…Y así, en un estado de angustia, pena y amarga aflicción ,Porfirio, una buena mañana, armándose de valor y de un arrojo desesperado se dijo: “Esto tiene que cambiar…”
PEPA Roble
Escribo una palabra, primero un verbo, luego un sustantivo, después un artículo, me paro, pienso y sigo, ya tengo un verso, casi una estrofa, le añado un par de adjetivos, un pronombre, una preposición…, sí, así va bien, otro adjetivo más y ya está, ya lo tengo…, termino.
Escribo así, sin mucha planificación, a lo más una idea, una línea, un verso que, como una alfombra persa, se va desenrollando…, sé que no es el mejor sistema, que no es el más elaborado ni el más científico, ni siquiera el más fructífero, pero que le voy a hacer, yo soy desordenado y es el mío. A veces escribo poco, a veces (pocas) mucho…, y no lo puedo evitar, pero es que no siempre tengo buenas ideas, no siempre las palabras encajan unas con otras, son testarudas y se pelean entre ellas, se enfrentan o, simplemente, se dan la espalda. Y así me pasa, demasiadas veces me quedan unos versos a la espera de un final o, incluso, lo que es peor, de un principio.
A veces guardo versos en un bolsillo, versos sueltos que no encuentran compañía, así me ocurrió con uno que fue conmigo, cambiando de bolsillo en bolsillo, de la chaqueta al pantalón y del pantalón al abrigo, durante cerca de dos años…, el verso en cuestión, era bueno, o al menos así lo creo hoy y así me lo parecía, el poema final, quizás no tanto…, pero es que llega un momento en que esos vesos pesan, se convierten en una losa, los oyes recitarse a sí mismos lastimosamente, solitarios, y sólo te quedan dos opciones, o “suicidarlos”, o darles compañía…, y claro, no siempre es la mejor compañía.
Aquel verso demandaba un poema romántico y yo, por aquellos días, andaba en una de esas fases melancólicas que me enganchan…, y no, no salía…, eran aún días de papel y de bolígrafo, y a base de tachar, emborronar, arrugar y encestar triples y dobles en papeleras, no encontraba el camino.
En fin, y todo esto para decir, que hoy, aun sin papeleras, en una de esas me encuentro.
Paco Ortiz.
El espejismo es una ilusión óptica y así de esta manera, tan fría, pero al mismo tiempo exacta y veraz, podríamos definir todas las palabras dentro de un poema. Pobre del que creyendo que hay algo más que distorsiones visuales producidas por la reverberación de temperaturas mentales elevadas se adentra en el desierto en busca de la ilusión. ¡Pobre¡ Yo lo hice, no hace mucho, creí en la imagen y en la metáfora y aún ando perdida buscando algún rastro en la arena que me indique cuál es el camino, hacia dónde, no sé quizá la solución sea vivir como un beduino, errante, soportando las tormentas de arena, el escozor en los ojos, la cegazón del alma, y andar A Tientas… superviviente del gran monstruo devorador de la mentira.
Terrorismo emocional.
PEPA Roble.
[...]Todos tenemos la experiencia que más atrás relataba, existen dos maneras de oir algo: una es a través de los filtros del pensamiento y otra la mirada ingenua de un niño que aun no ha codificado la realidad y carece por tanto de una estructura que haga de dique entre su percepcion y la misma. El resultado de esta forma de mirar (o de escuchar) es el asombro, a veces, la perplejidad en otras. ¿No es precisamente eso lo que les sucede a los esquizofrénicos? Ellos oyen sus propios pensamientos, o les rebotan en forma de eco, o los sienten como impuestos o que alguien se los está robando, es como si todo en ellos careciera de esa conciencia que ilumina, ese trasfondo que engloba y encuadra toda percepción, es como si ellos solo fueran cuerpo. Un cuerpo sin horizontes, sin trasfondo …
Es por eso que existen profesionales de la escucha pues no todo el mundo tiene adiestrada esta facultad, la mayor parte de la gente solo quiere hablar (aunque no tengan nada que decir) y muy pocos son los que prefieren escuchar a hablar, pero aun en esta franca minoria de personas hay pocos que sepan escuchar en su dimensión mas dura: pues escuchar en realidad es oir sin pensar y sobre todo oir desde la ingenuidad no desde un sistema de creencias en donde encajar lo que el interlocutor nos dice. Es eso precisamente lo que hacen muchos profesionales sin seguir aquella máxima inventada por Freud y reformulada por Bion, en aquella famosa (y hermosa) frase de “escuchar sin tiempo y sin deseo”.
Todos operamos asi en nuestra vida privada, es decir oímos a nuestro interlocutor pero no le escuchamos. Si lo hiciéramos caeríamos en la cuenta de que nuestros pensamientos, nuestras hipótesis, nuestra formación o nuestros condicionamientos nos impiden escuchar realmente al otro y caeríamos además en la cuenta de que nuestra conciencia se encuentra permanentemente atravesada por nubarrones de todo tipo, es muy difícil despejar todos esos intrusos que pueblan nuestra mente, hace falta un entrenamiento que conocemos con el nombre de “presencia plena” o mindfulness.
Con este entrenamiento somos capaces de -al profundizar en su práctica- controlar el flujo de los subproductos de nuestra mente, y lo hacemos a través de nuestra propia mente, de su recursividad. Precisamente porque nuestra mente es recursiva (puede referirse a sí misma y puede autoobservarse) podemos planear en ese cielo despejando pensamientos y nubes. En realidad todos estos subproductos de la mente sólo aparecen porque somos muy distraídos por naturaleza y tenemos un enorme tendencia a distraernos mirando el panorama. De lo que se trata es de impedir de que los árboles no nos dejen ver el bosque.
Pero el bosque y los árboles son la misma cosa o al menos se encuentran acoplados del mismo modo que las abejas y las flores lo están tal y como comenté en este post. Es verdad que el bosque no es sólo una población de árboles sino algo más con su propio microclima, su fauna y su flora, su humedad y sus constantes biológicas, el bosque es un nicho ecológico, una emergencia de los árboles que ni existe ni no existe, es como la mente de los árboles. El bosque no podría existir sin los árboles pero los árboles pueden existir sin ser bosque.
Eso les sucede a los pensamientos de los esquizofrénicos, son como árboles sin bosque y esa es la idea que quiero reiterar aqui, no necesitamos creer que existe una trascendencia del bosque o una conciencia cósmica de los bosques para explicar su existencia real, porque el bosque es algo más que una idea sin dejar de ser una abstracción, una palabra de seis letras que no podemos despejar diciendo que no existe (pues todos tenemos una representación mental de qué cosa es un bosque) sin embargo el bosque no existe del mismo modo que el árbol, se trata de dos planos diferentes de la palabra “existir”.
Neurociencia y neurocultura.
HOLOGRAMAS: LA LUZ AZUL O SOLARIS MIMÉTICO
Con la holografía se consigue la unidad indisoluble entre lo real y lo virtual que busca el artista desde el Renacimiento. La holografía se emplea en la idustria gráfica y en la publicidad, en todos esos logos tridimensionales como son los de las tarjetas de crédito.
Mi preguntas es: ¿Seguro que se consigue la unidad indisoluble entre lo real y lo virtual? Un holograma evidentemente es real, es una imagen real pero incorpórea aun cuando la técnica consiga la holografía supersinestésica donde se combine imagen, olor y tacto, no dejarían de ser simples muñecos hiperrealistas que quizá consigan hacer las mieles de coleccionistas y demás individuos aficionados a los objetos, a lo inerte, a lo que pueden dominar y controlar pero muy, muy alejado de la realidad, muy alejado de la conciencia, de la riqueza, de la variedad y de toda la incertidumbre que lleva como rasgo inherente la vida.
El arte produce placer, pero para poder saborearlo para poder apreciarlo hay que estar vivo y gustar de todo aquello que tenga vida…aunque la vida sea algo que se nos escape, que no podemos controlar, que no podamos aprehender como un objeto de papel, como un pobre muñeco holográfico cuya luz viene de fuera. En las personas la luz viene de dentro, esta es la paradoja de la realidad holográfica, son objetos de luz, brillantes, yo diría que deslumbrantes, consiguen atraer nuestra mirada, fijarla absortos, embebidos por los destellos luminosos, engañosos destellos luminosos que parecen apropiarse de nuestra voluntad. Mas cómo escapar del engaño, de la vil mentira de la luz bella, de luzbel.
Para crear, para vivir hay que emitir luz, luz propia, de lo contrario estaremos sumidos en un mundo atractivo pero ficticio… seremos esculturas en nuestro propio planeta Solaris, chapoteando en el magma de la indefinición, en el magma de lo real – virtual.
PEPA Roble
La leyenda de La tía Casca: Trasmoz, cuyo castillo situado sobre una loma fue construido en una sola noche con la ayuda del diablo.
En su Carta Sexta, cuenta Bécquer que abandonó Lituago para dirigirse a Trasmoz con el fin de conocer su castillo. En su gusto por los parajes más ásperos y accidentados, tomó el camino más largo y dudoso, hasta que se perdió.
Preguntó a un pastor el camino del pueblo, y éste se lo indicó lo mejor que pudo. Pero antes de despedirse le advirtió que no tomara la senda de la tía Casca si quería llegar sano y salvo a la cumbre, pues por allí andaba penando el alma que, “después de dejar el cuerpo, ni Dios ni el diablo han querido para suya.”
- Y ¿en qué diantres se entretiene el alma de esa pobre vieja por estos andurriales?
- En acosar y perseguir a los infelices pastores que se arriesgan por esa parte de monte, ya haciendo ruido entre las matas, como si fuese un lobo, ya dando quejidos lastimeros como de criatura o acurrucándose en las quiebras de las rocas que están en el fondo del precipicio, desde donde llama con su mano amarilla y seca a los que van por el borde, les clava la mirada de sus ojos de búho y cuando el vértigo comienza a desvanecer su cabeza da un gran salto, se les agarra a los pies y pugna hasta despeñarlos en la sima…
El viajero quiere sonsacar al pastor diciéndole que todo eso de las brujas y los hechizos no eran sino antiguas y absurdas patrañas de las aldeas.
- Eso dicen los señores de la ciudad, porque a ellos no les molestan, y, fundados en que todo es puro cuento, echaron a presidio a algunos de los infelices que nos hicieron un bien de caridad a la gente del Somontano despeñando a esa mala mujer.
Y el pastor le cuenta la historia. La tía Casca era muy conocida en Trasmoz. Los vecinos del lugar la acusaron de ser la ejecutora de males de ojo y todos los hechizos imaginables. La persiguieron hasta el precipicio en cuestión, y a pesar de los ruegos y súplicas de la anciana, fue arrojada al arroyo donde murió.
lacoctelera.net
DON FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS por Antonio Machado
“Los párvulos aguardábamos, jugando en el jardín de la Institución, al maestro querido. Cuando aparecía don Francisco, corríamos a él con infantil algazara y lo llevábamos en volandas hasta la puerta de la clase. Hoy, al tener noticia de su muerte, he recordado al maestro de hace treinta años. Yo era entonces un niño, él tenía ya la barba y el cabello blanco. En su clase de párvulos, como en su cátedra universitaria, don Francisco se sentaba siempre entre sus alumnos y trabajaba con ellos familiar y amorosamente. El respeto lo ponían los niños o los hombres que congregaba el maestro en torno suyo. Su modo de enseñar era socrático: el diálogo sencillo y persuasivo. Estimulaba el alma de sus discípulos -de los hombres o de los niños- para que la ciencia fuese pensada, vivida por ellos mismos. Muchos profesores piensan haber dicho bastante contra la enseñanza rutinaria y dogmática, recomendando a sus alumnos que no aprendan las palabras sino los conceptos de textos o conferencias. Ignoran que hay muy poca diferencia entre aprender palabras y recitar conceptos. Son dos operaciones igualmente mecánicas.
Lo que importa es aprender a pensar, a utilizar nuestros propios sesos para el uso a que están por naturaleza destinados y a calcar fielmente la línea sinuosa y siempre original de nuestro propio sentir, a ser nosotros mismos, para poner mañana el sello de nuestra alma en nuestra obra. Don Francisco Giner no creía que la ciencia es el fruto del árbol paradisíaco, el fruto colgado de una alta rama, maduro y dorado, en espera de una mano atrevida y codiciosa, sino una semilla que ha de germinar y florecer y madurar en las almas. Porque pensaba así hizo tantos maestros como discípulos tuvo. Detestaba don Francisco Giner todo lo aparatoso, lo decorativo, lo solemne, lo ritual, el inerte y pintado caparazón que acompaña a las cosas del espíritu y que acaba siempre por ahogarlas.
Cuando veía aparecer en sus clases del doctorado -él tenía una pupila de lince para conocer a las gentes- a esos estudiantones hueros, que van a las aulas sin vocación alguna, pero ávidos de obtener a fin de año un papelito con una nota, para canjearlo más tarde por un diploma en papel vitela, sentía una profunda tristeza, una amargura que rara vez disim1uaba. Llegaba hasta a rogar les que se marchasen, que tomasen el programa H el texto B para que, a fin de curso, el señor X los examinase. Sabido es que el maestro no examinaba nunca. Era don Francisco Giner un hombre incapaz de mentir e incapaz de callar la verdad; pero su espíritu fino, delicado, no podía adoptar la forma tosca y violenta de la franqueza catalana, derivaba necesariamente hacia la ironía, una ironía desconcertante y cáustica, con la cual no pretendía nunca herir o denigrar a su prójimo, sino mejorarle.
Como todos los grandes andaluces, era don Francisco la viva antítesis del andaluz de pandereta, del andaluz mueble, jactancioso, hiperbolizante y amigo de lo que brilla y de lo que truena. Carecía de vanidades, pero no de orgullo; convencido de ser, desdeñaba el aparentar. Era sencillo, austero hasta la santidad, amigo de las proporciones justas y de las medidas cabales. Era un místico, pero no contemplativo ni extático, sino laborioso y activo. Tenía el alma fundadora de Teresa de Ávila y de Iñigo de Loyola; pero él se adueñaba de los espíritus por la libertad y por el amor. Toda la España viva, joven y fecunda acabó por agruparse en torno al imán invisible de aquél alma tan fuerte y tan pura. … Y hace unos días se nos marchó, no sabemos adónde. Yo pienso que se fue hacia la luz. Jamás creeré en su muerte. Sólo pasan para siempre los muertos y las sombras, los que no vivían la propia vida.
Yo creo que sólo mueren definitivamente – perdonadme esta fe un tanto herética-, sin salvación posible, los malvados y los farsantes, esos hombres de presa que llamamos caciques, esos repugnantes cucañistas que se dicen políticos, los histriones de todos los escenarios, los fariseos de todos los cultos, y que muchos, cuyas estatuas de bronce enmohece el tiempo, han muerto aquí y, probablemente, allá, aunque sus nombres se conserven escritos en pedestales marmóreos. Bien harán, amigos y discípulos del maestro inmortal, en llevar su cuerpo a los montes del Guadarrama. Su cuerpo casto y noble merece bien el salmo del viento en los pinares, el olor de las hierbas montaraces, la gracia alada de las mariposas de oro que juegan con el sol entre los tomillos. Allí, bajo las estrellas, en el corazón de la tierra española reposarán un día los huesos del maestro. Su alma vendrá a nosotros en el sol matinal que alumbra a los talleres, las moradas del pensamiento y del trabajo.”
Hay maestros a los que no les hace falta un empeño fatuo de crear un lugar o espacio mítico con su lugar de nacimiento para que sus alumnos le quieran, le estimen y le recuerden siempre. Les bastaba simplemente con tener empatía, corazón y mucha inteligencia.
PEPA Roble
En la oscuridad de la noche se oía el ruido de agua. Había un esclusa de ladrillo, de modelo antiguo, que se abría y se cerraba al girar una manivela. El río no era una corriente tan pequeña como para que las hierbas de la orilla pudieran ocultar casi por completo la superficie del agua.Los alrededores estaban sumidos en la penumbra. Una obscuridad tan profunda que , tras apagar la linterna de bolsillo, no me veí los pies siquiera. Y sobre el estanque de la esclusa volaban cientos de luciérnagas. Los destellos de luz se reflejaban en la superficie del agua como chispas ardientes. Cerré los ojos y me sumergí un momento en el recuerdo. Oía el viento con una claridad meridiana. Aunque no soplaba con fuerza, en mi cuerpo dejaba a su paso un rastro extrañamente brillante. Abrí los ojos y comprobé que esa noche de verano era, si cabe, más oscura.
Tokio Blues, Haruki Murakami.
Existe en algunos sujetos con cierta orientación al victimismo una tendencia autodestructiva que podría resumirse en un gusto por el goce sacrificial, en estos casos el individuo se autolesiona consciente o inconscientemente somatizando todos los problemas no expresados y que le han llevado a una situación sin salida ante la incapacidad por encontrar una solución óptima o simplemente una solución; se trata de un problema de expresión y resolución de conflictos, el individuo llega a este estado debido a la imposibilidad de elección y se posiciona en una situación estática de propia autodestrucción. Para que el goce tenga la fuerza y la dimensión necesaria, alcance el grado máximo de ofrenda sacrificial, tales sujetos necesitan de expectantes espectadores pasivos que sean conscientes de su aniquilación, es su gran venganza ante el mundo o personas determinadas que ellos perciben como sus opresores, como los responsables de su estado de inmovilidad emocional, física e incluso profesional.
Son personas normalmente orgullosas, incapaces de pedir ayuda que castigan a los demás haciéndoles partícipes pasivos de su sufrimiento y dolor, dolor que siempre es provocado por un actuar injusto de la sociedad, del mundo ante ellos, como pobres seres metidos en un laberinto se perciben encerrados y sin salida, no son capaces del valor necesario para romper con una orientación que les lleva a un círculo malsano de castigo y autocastigo. Suelen ser dominadores y posesivos, en el fondo también se trata de una técnica sutil de manipulación, es una técnica macabra y sutil más propia de torturas orientales donde el concepto de contrarios no está tan claro como en el mundo occidental, el bien y el mal no existen, fluctúan, se manifiestan de forma cíclica, están en perpetuo movimiento, los roles de víctima y verdugo son intercambiables en un ritual de venganza y arrepentimiento por los sentimientos de odio y destrucción sentidos.
El análisis permite perder el goce dañino, sacrificial, la disposición del sujeto a dañarse y dañar a otros; también hace posible perder el pesado manto de los ideales con los que se había velado la verdad de ese goce, y hace caer las imágenes mentirosas con las que el sujeto pretendía ser reconocido por el Otro.
PEPA Roble

Brueghel
En los últimos años tuve oportunidad de estudiar analíticamente cierto número de varones cuya elección de objeto era regida por un fetiche. No se crea que esas personas recurrieron al análisis necesariamente a causa del fetiche, pues si bien este es discernido como una anormalidad por sus adictos, rara vez lo sienten como un síntoma que provoque padecimiento; las más de las veces están muy contentos con él y hasta alaban las facilidades que les brinda en su vida amorosa. En general, entonces, el fetiche desempeñó el papel de un diagnóstico subsidiario.
No sería exhaustivo destacar que venera al fetiche: en muchos casos lo trata de una manera que evidentemente equivale a una figuración de la castración. Esto acontece, en particular, cuando se ha desarrollado una fuerte identificación-padre; el fetichista desempeña entonces el papel del padre, a quien el niño, en efecto, había atribuido la castración de la mujer. La ternura y la hostilidad en el tratamiento del fetiche, que respectivamente corren en igual sentido que la desmentida y la admisión de la castración, se mezclan en diferentes casos en proporciones desiguales, de suerte que una u otra se dan a conocer con mayor nitidez. A partir de aquí uno cree comprender, si bien a la distancia, la conducta del cortador de trenzas en quien ha esforzado hacia adelante {vordrängen} la necesidad de escenificar la castración que él desconoce. Su acción reúne en sí las dos aseveraciones recíprocamente inconciliables: la mujer ha conservado su pene, y el padre ha castrado a la mujer.
No es correcto que tras su observación de la mujer el niño haya salvado para sí, incólume, su creencia en el falo de aquella. La ha conservado, pero también la ha resignado; en el conflicto entre el peso de la percepción indeseada y la intensidad del deseo contrarío se ha llegado a un compromiso como sólo es posible bajo el imperio de las leyes del pensamiento inconciente -de los procesos primarios- Sí; en lo psíquico la mujer sigue teniendo un pene, pero este pene ya no es el mismo que antes era. Algo otro lo ha remplazado; fue designado su sustituto, por así decir, que entonces hereda el interés que se había dirigido al primero. Y aún más: ese interés experimenta un extraordinario aumento porque el horror a la castración se ha erigido un monumento recordatorio con la creación de este sustituto. Como stigma indelebile de la represión sobrevenida permanece, además, la enajenación respecto de los reales genitales femeninos, que no falta en ningún fetichista. Ahora se tiene una visión panorámica de lo que el fetiche rinde y de la vía por la cual se lo mantiene. Perdura como el signo del triunfo sobre la amenaza de castración y de la protección contra ella y le ahorra al fetichista el devenir homosexual, en tanto presta a la mujer aquel carácter por el cual se vuelve soportable como objeto sexual. En la vida posterior, el fetichista cree gozar todavía de otra ventaja de su sustituto genital. Los otros no disciernen la significación del fetiche, y por eso no lo rehusan; es accesible con facilidad, y resulta cómodo obtener la satisfacción ligada con él. Lo que otros varones requieren y deben empeñarse en conseguir, no depara al fetichista trabajo alguno.
Fetichismo 1927, Sigmun Freud