La Historia inscrita en el acervo popular nos muestra la imagen de estos muñecos de cartón-piedra que desfilan en las fiestas locales de buena parte de España.
La importancia de una imagen que simbolice y represente un poder establecido que durante siglos ha regulado las relaciones de poder está presente en estas fiestas donde los muñecos recorren las calles de los pueblos para deleite y alborozo de todos los participantes.
Gigantes y cabezudos es la imagen y el nombre de la ignominia de una época en que la ignominia tenía nombre, de una época en que la ignominia era humana y entraba a formar parte como el resto de la realidad de la capacidad de representación a través del símbolo. Una imagen que formalice y represente a través del símbolo los elementos y relaciones que establece el individuo con su entorno, que si bien la huella no es el oso, observar el tamaño, produndidad y frescura que presenta la huella proporciona una información necesaria para poder comprender el alcance del peligro.
Pero imaginemos qué sucedería si de pronto el oso no dejara huella o que las huellas dejaran de poder ser identificadas como tal.
¿Qué sucedería si los gigantes y cabezudos dejaran de ser símbolos para convertirse en realidades plenas de las identidades que reflejan, muñecos de cartón-piedra ? Si todas estas preguntas dejaran de ser preguntas para convertirse en afirmaciones significaría que nuestro mundo tal y como lo concebíamos hasta ahora está sufriendo una transformación única en la Historia de la humanidad y con una rapidez que sobrepasa cualquier proceso de evolución y adaptación que haya habido hasta este momento. Un cambio sistémico de las relaciones personales y con el entorno físico que rodea al individuo se estaría produciendo:
-¡Aleluya¡, ¡aleluya¡ – gritaría un sacerdote del nuevo sistema implantado- El milagro se ha producido, el viejo sistema de orden jerárquico de relaciones obsoletas que nos oprimía y explotaba está cayendo. No habrá más sumisiones a partir de ahora las relaciones se establecerán entre iguales, todas al mismo nivel.
-¡Horror¡, ¡espanto¡ – gritaría un viejo adepto al sistema corrupto. Apegado a la comodidad que reporta el mundo ya conocido no vería las dulces mieles que el prometido futuro nos tiene reservadas.
La tragedia griega en su más puro estado o las deliciosas comedias latinas, con su agudeza de ingenio y sátiras picantes, se estarían representando ante nuestros ojos. Si esto fuera así, viviríamos en el mundo de la imagen sobre un soporte de luz y color donde toda la realidad pasa a través del prisma y objetivo de Google Earth y por tanto no sorprendería ver en primera fila las emocionantes imágenes de números, de cifras bailando en distintas bolsas y marcando el pulso de pueblos enteros con historia y peso específico en la creación de lo que se denominó civilización.
Sin embargo, y a pesar de que ya todo puede ser filmado o incluso recreado a través de imágenes virtuales sorprende que haya una parte de la realidad que siempre queda oculta al ojo humano, al ojo de la cámara, y fuera de toda esfera de objetivos y señales fílmicas. Cabezas que no se ven, que no tienen rostro ni cuerpos que podamos identificar. Gigantes sin unas medidas precisas que podamos captar:
Durante la Revolución francesa hicieron que rodaran un buen número de cabezas. Las cabezas visibles del poder imperante fueron arrancadas de un tajo por los jacobinos y su gran legado para la posteridad, “la guillotina”, hizo su aparición en la escena como una de las imágenes más reconocibles de la muerte. La caída del antiguo régimen se había producido. Las cabezas habían caído y los portadores del anillo lucían desdoblados con cabezas descorporizadas y cuerpos decapitados. Ese fue un momento de aprendizaje, la nobleza aprendió que el pueblo, el poder de la mayoría, posee una fuerza hasta ese momento encapsulado dentro de la Caja de Pandora. Pero ¿ qué aprendió la burguesía? ¿ Qué lección magistral sacó cuando hizo que rodaran las cabezas por la arena y una vez en el poder dejó al pueblo en el mismo lugar que estaba ? Todo verdugo tiene una apreciación muy directa de la acción que ejecuta a través de respirar la fuerza de la potencia y el acto. De esta manera la burguesía una vez instalada por primera vez en el poder, el poder real, aprende que mostrar las cabezas resulta siempre peligroso. Las cabezas no deben estar expuestas porque las cabezas pueden rodar y ellos vieron en persona el Rojo a través de sus propios ojos.
Ahora una vez conseguida la tradición y sabiduría que aporta el poder a través los años y los siglos por fin han conseguido que la Ignominia no tenga nombre, que no exista imágenes de ella. Sólo el pueblo continúa dando la cara a través de sus imágenes por toda la red. El pueblo pone su cabeza, sus imágenes en un nuevo mundo social donde poder ascender y relacionarse y a cambio el poder se ha convertido en inmaterial, etéreo, inconsistente, líquido sin cuerpos ni cabezas reconocibles pero capaz de hacer hundir repúblicas sacadas a la venta en el todopoderoso Mercado Bursátil manejado por enormes hordas de especuladores lacayos a su servicio.
¡Ha caído el antiguo régimen¡ ¡La era de la incorporeidad ha llegado¡
Quien pueda que conserve su cabeza.
María José Blanco
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