BRUMALBA, El gran sertón

In the front of the gravediggers pub, Dublín

We’re gonna break out the hats and hooters
When Josie comes home
We’re gonna rev up the motor scooters
When Josie comes home to stay
We’re gonna park in the street
Sleep on the beach and make it
Throw down the jam till the girls say when
Lay down the law and break it
When Josie comes home

When Josie comes home
So good
She’s the pride of the neighborhood
She’s the raw flame
The live wire
She prays like a Roman
With her eyes on fire

Jo would you love to scrapple
She’ll never say no
Shine up the battle apple
We’ll shake ‘em all down tonight
We’re gonna mix in the street
Strike at the stroke of midnight
Dance on the bones till the girls say when
Pick up what’s left by daylight
When Josie comes home

When Josie comes home
So bad
She’s the best friend we ever had
She’s the raw flame
The live wire
She prays like a Roman
With her eyes on fire

When Josie comes home
So good
She’s the pride of the neighborhood
She’s the raw flame
The live wire
She prays like a Roman
With her eyes on fire

Steely Dan

Tomado de Brumalba.blogspot.com

LA CASI VIDA DE PORFIRIO

La noche comienza a evaporarse. Colores tenues luchan por surgir de entre la negrura y las colinas aún no quedan definidas. Sus contornos continuos, borrosos en unión con el horizonte lentamente comienzan a vislumbrarse, el color marrón opaco que las caracteriza se quiere adivinar. Hace un frío intenso que taladra los huesos. Gime el viento y la corriente del río parece hacerse más espesa, el ronroneo del agua necesita calmarse, la vegetación apenas respira y el ritmo cardiaco se ralentiza. Ya todo está dispuesto, preparado para que la escena del amanecer, ritual eterno, comience.

Porfirio siente la emoción en su interior, solo, sentado a la orilla del río espera agazapado a que el milagro se produzca. Disfruta en su rostro de la brisa del río, sabe que tras unos segundos justo un momento antes de que el primer rayo de sol salga, un silencio sólido, una calma densa se apodera de todo el ambiente. La brisa desaparece y una quietud premonitoria le rodea. Todo el bosque parece esperar en trance místico el primer rayo de luz. El tiempo se detine,sentimiento trágico de quien aprecia presente, pasado y futuro en un instante, visión profética… el alma engrandecida. Porfirio comprende que es transportado. Hinchado el pecho respira atropelladamente al tiempo que una fuerza vigorosa invade su esencia… experiencia única… voltaje de 50 gigabytes en el corazón…su cuerpo es sacudido por la intensidad del momento, de pronto, la luz aparece y como un estallido la vida comienza, cientos de trinos se preciptan en su oído. El viento, al instante, revive con más furor y golpea su cara. Porfirio arrebatado constata todas sus neuronas en pleno rendimiento, percibe un intenso cosquilleo que va en aumento según se intensifican los signos de vida de su alrededor. Un placer inaudito e inefable le invade y lágrimas de goce resbalan por su rostro. El arrebato le ha trasladado hasta las nubes. Nubes que son imagen del tiempo, del no tiempo, conciencia de infinito; discierne con una claridad inclemente la exaltación y en comunión completa con la naturaleza confirma que el sentimiento percibido le separa de forma extrema y alarmante del resto de muchachos que han ido a pescar.

Hicieron falta años y un trabajo concienzudo por su parte para acabar con ese lado único de su ser, pero, al fin y al cabo, consiguió lo que todos querían, lo que su madre quería, no separarse del resto, integrarse con la masa, no ser disonante, alcanzar la procacidad y los rasgos del macho-cabrío que imperaban en su entorno, al final consiguió ser como todos, hablar como los demás y tener la misma no sensibilidad que el resto de sus paisanos.
Su naturaleza envidiosa le hacía desear la vulgaridad de la que estaba rodeado y su tendencia mimética hizo el resto, de nada sirvieron los estudios universitaros, Porfirio a los 22 años era engreído, petulante, y poco más que un dios, menor ¡claro¡ Un cerdo más revolcándose en la mediocridad hipócrita como todos los de su entorno.

Porfirio niño sentía por su madre un amor intenso, le encantaba que ella le hicera transformaciones radicales en los pantalones, que surgieran bolsillos en donde antes sólo había tela lisa, rodilleras que le daban una imagen de más rudo, remiendos en la entrepierna que evitaban el desgaste que sus grandes muslos provocaban en la prenda. Era fantástico, cuando su madre decidía renovar el vestuario podía surgir cualquier cosa donde antes sólo había unos simples pantalones o una vulgar camisa, múltiples departamentos para guardar piedras, canicas, mixtos, una navaja para cortar el sedal enredado, para señalar y grabar iniciales en los árboles de la ribera, paquetitos de anzuelos, un pequeño cordel… todo aquello que la imaginación pudiera crear y su habilidad como rastreador conseguir.

Su madre le contaba historias de la familia, las narraba como si se tratara de una leyenda, sus tíos, sus abuelos quedaban dibujados como personajes legendarios. Aquellos viajes a Madrid para curar la enfermedad del abuelo, cómo su tío, el mayor de los hermanos, llevaba maletas vacías que regresaban cargadas de libros para luego ser leídos una y otra vez por el resto de la familia. Todas esas imágenes surcaban su piel. La familia de su madre era creativa, dinámica, esos viajes a la gran ciudad eran recreados en la mente de Porfiro como grandes aventuras que le abrían las puertas de la imaginación y le encaminaban a soñar con grandes andanzas donde él se convertía en héroe y era el portador del mensaje de la etirpe; él continuaría con la labor iniciada por sus tíos, él contiuaría portando maletas cargadas de libros que alimentaran su espíritu en los duros días de invierno, o en las áridas tardes de verano, recuerdos tangibles de un pasado glorioso y de un porvenir brillante.

Porfirio era distinto y su madre también lo sabía, sus dos hijos mayores no se habían separado de la senda marcada por la comunidad, su hijo mayor compaginaba la rudeza del pueblo con el prestigio que lleva implícito una licenciatura de ciencias; era biólogo, un biólogo comprometido y convencido, amante del pueblo y de sus gentes, toda su vida la dio a su gran pasión que era su trabajo, apenas tuvo tiempo de disfrutar de la belleza, de espíritu diametralmente más hosco que Porfirio no entendía esa tendencia a la contemplación y deleite de espíritu que tenía su hermano pequeño, para él la familia y las tradiciones eran el pilar de su persona y durante toda la vida estuvo buscando y alimentando ese sustento, aunque fuera un baluarte quebradizo a pesar de su interés por mantenerlo incólume como una roca inerte.

Su hija era popular en el pueblo, incluso llegó a conseguir el título de miss belleza. Todos estaban orgullosos de ella. Guapa, alegre, simpática, no le faltaban pretendientes. Sus estudios aunque algo menos meritorios que los del mayor eran más que suficientes para una mujer, le permitirían tener un empleo adecuado para una señorita y ser respetada por todos. Sólo Porfirio parecía empeñado en no encajar en el troquel que desde su nacimiento estaba diseñado para él. Por qué no tomaba como modelo a su hermano, trabajador, comprometido, amante de sus gentes y de las tradiciones, o por qué no imitaba a su hermana, popular, encantadora con todos, apreciada y querida por todos los vecinos. No, Porfirio no era admirado, ni envidiado por ninguno. Esto la hería en lo más profundo y no porque quisiera que su hijo fuera la envidia de todos los parientes, ya tenía a sus otros dos hijos que sí lo eran, sino porque ella sabía perfectamente lo que llevaba incluido, añadido, intrínseco como condimento cosustancial el ser diferente en un pueblo. Ella sabía que ese tipo de comportamiento y aficiones que parecían ser las ideales para su hijo sólo le depararían dolor, sufrimiento, rechazos y burlas. Le señalarían como el raro, como el osado mequetrefe que no compartía la única idea válida en la pequeña comunidad, ser más que los demás, ser el más mediocre e hipócrita de todos.

– ¿ Por qué no sales Porfirio? ¿ Qué haces todo el día metido en casa leyendo libros ? ¿ No ves como el resto de los muchachos se han ido todos en pandilla al río ? Vete con ellos a jugar.

A Porfirio le dolía que su madre no entendiera que él no encajaba en ese ambiente, le dolía no ser el espejo donde ella se mirara y orgullosa saliera a la calle sintiendo que era la envidia de todos; movido por los celos y por un resentimiento venenoso hacia sus hermanos decidió un buen día dar a su madre lo que ella quería, la crisálida dejaría de tener autonomía sobre su destino y carente de voluntad propia haría de los deseos de su madre su aliento propio. Comenzó a comportarse según los patrones estándares del lugar, ya nada importaba, la escisión estaba en marcha, comenzó a crearse una careta donde todos vieran reflejados la imagen que querían ver. Rápidamente fueron visibles los resultados, los chavales del pueblo pronto le tuvieron en cuenta y las chicas empezaron a fijarse en él.
Iban al cine todos juntos, poco interesaba la película, el único objeto para tal fin lúdicro y cultural era ser partícipes de una paja comunitaria y compulsiva:

-¿Quién está haciendo ese ruido?- Gritaba Basilio el viejo zopenco acomodador de la sala.- No seais guarros dejad de decir guarrerías y de hacer esos ruidos obscenos.

Basilio bajaba a tientas por entre las butacas del cine del pueblo en busca de los groseros que gritaban palabrotas y decían palabras lascivas.

– ¡Basilio¡ ¡Basilio¡ – voceaban los muchachos – ahí abajo, ahí abajo hay dos que están follando. Mira ahí, ahí, esos que están jadeando. Corre, corre, que se la va a meter, se la está follando.

Todos los chavales reían y participaban de un festejo onanístico cuya excitación consistía en estar al abrigo del anonimato que la oscuridad les proporcionaba y ver cómo el resto de compañeros de la fila, con el falo erguido, se masturbaban acompasadamente. El líquido vital salía de sus púberes miembros manchando el suelo y los asientos. Las manos pegajosas eran saneadas en los respaldos delanteros. La adrenalina y la excitación eran máximas y continuaban masturbándose una vez tras otra durante toda la proyección imaginándose que metían mano a la de la Calle Grande que había ido al cine con su novio. Morreándose con la del panadero que estaba cuatro filas más abajo haciendo una paja al Chuti, el más macarra y ligón del momento, y paseando por sus mentes calenturientas todos los chochos conocidos del lugar.

¡ Qué importaba la película¡ El cine era el lugar pefecto para mostrar el lado oculto, donde todos los impulsos más elementales pudieran abrir la puerta y emerger con toda la fuerza y torbellino de una recién nacida sexualidad virginal. Porfirio sentía una atracción compulsiva por tales actos, al mismo tiempo que un rechazo visceral por la impudicia con que eran realizados.

María José Blanco (PEPA Roble)

EL HILO DE TESEO

” Yo viví en la dulce y perpetua espera del azar. Comprendí que la sed de disfrutar que nace en cada momento de voluptuosidad, se anticipa al gozo, de la misma manera como existen respuestas listas para cualquier pregunta. Fui feliz cuando las fuentes de agua me revelaron que tenía sed, y cuando estando en pleno desierto (donde la sed no se puede saciar), preferí, a pesar de todo, la fuerza febril que me inspiraba el furor del sol. Ciertas noches hallé oasis maravillosos que el deseo acumulado durante todo el día hacían más frescos aún. En la extensión de arena golpeada por el sol y como adormecida por un gran sueño – el calor era tal que vibraba en el aire – sentí el pulso de la vida, una vida que no podía dormir, que se desvanecía de tanto temblar en el horizonte, y que estaba henchida de amor a mis pies. Lo único que buscaba día a día, minuto a minuto, era hallar la manera más pura de penetrar la naturaleza. Había recibido un don, preciado, el de no poner mayor freno a mi ser. Recordar el pasado influyó en mí sólo para dar unidad a mi vida: era como el hilo de Teseo que lo unía a su antiguo amor pero que no le impedía atravesar los paisajes más desconocidos, aunque al final, el hilo terminara por romperse. Qué increíbles involuciones! Por las mañanas, yo saboreaba en mis caminatas la presencia de una nueva existencia, el nacimiento de mi percepción. “Oh! poeta, exclamaba, tú tienes la facultad del descubrimiento perpetuo”. Estaba totalmente receptivo. Mi alma era un albergue acogedor en el cruce de los caminos y recibía todo lo que se dejara captar. Me dejé buenamente convertir en un ser dócil, capaz de escuchar, al punto de no pensar en lo absoluto en mí mismo, de comprender todas las emociones que se presentaban delante de mí. Logré aplacar todo impulso de reacción hasta ya no considerar nada como algo malo y no tener que protestar por una nimiedad. Me di pronto cuenta además, que en mi apreciación de lo bello había también espacio para la fealdad. ”

Los alimentos terretres, André Gide