SOFIA

SOFÍA
 
 
Entre vino y alcohol
el humo           denso             colorea
con impreciso contorno el
                                              rubor del rostro,
l                     os pasos                        arrebolados
de una canción         sesentera provoca
                                                             alegres curvas
entre
enormes ojos que vislumbran
una luz no nata de imágenes                      puntiagudas.
 
              Timbales         y trompetas y
                          el saxo
sin guitarra apunta
                                  acordes discordantes                  que llamean
 
el cuerpo                rebosante de la actriz
                                                          en el escenario.
 
Nadie  pestañea, sólo el humo
se adentra  en los márgenes                      de                     orillas sin escalas.
 
La
 
Música
 
Suena.
María José Blanco (PEPA Roble) 

LAS MARGARITAS EN MAGHRIT

 

SALUSTIANO – Changer la vie

“Grita: Devastación y suelta a los perros de la guerra” , Shakespeare .

Mara tuvo una reunión de trabajo de esas que son tan oficiales que hasta los pingüinos lucen etiqueta. Habían sido elegidos para realizar una prueba que midiera la capacidad de resistencia de unos pequeños chimpacés para estar sentados sin moverse ni hacer rudios o señales de comunicación no verbal durante una hora y media. Su labor consistía en que a través de la voz y la pronunciación de las palabras exactas los chimpancés fuesen capaces de comprender lo absolutamente transcendental que es para el resto de sus vidas que realizaran tal esfuerzo de contención y amputación de su instinto natural y su pulsión animal. Hemos de aclarar que Mara pertecenía a una clase simios moderadamente evolucionada y también había sido sometida al control de dichas pruebas en su etapa anterior de aprobación del sistema, por tanto, estaba capacitada para el control y dominio que exigía el ejercicio. Sólo existía un problema, el resto de sus compañeros habían recibido con anterioridad, como premio a su labor inestimable de colaboración en actividades oficiales, un viaje a Estocolmo con todos los gastos pagados y cada cierto tiempo repetían con una estancia vacacional en tan maravillosa ciudad. Mara, aunque comprendía que tales periodos de descanso y relax podrían resolverle alguno de sus problemas de estrés , se resistía a iniciar el vuelo. Ella era más mediterránea y prefería otros destinos que, aunque menos desarrollados económicamente, le otorgaran un baño de luz y calor que la ciudad nórdica no podría proporcionarle. Esta pequeña diferencia  provocaba una reacción adversa en la conducta de Mara que se resistía a la obediencia ciega a la autoridad y a admitir que las cosas debían realizarse porque sí, porque alguien en alguna estancia superior de algún despacho del sistema laberíntico del que ella era parte así lo había decidido sin explicación ni justificación previa.  Ante la oficialidad e importancia crucial del trabajo que debía desempeñar, Mara veía con cierta preocupación y absoluta perplejidad el quantum de espacio temporal que debía administrar para llevar a cabo la prueba.

El lector debe comprender que la excelsitud del ejercicio era tal que los correctores debían ser nombrados de forma secreta. Nadie sabía quiénes y qué criterios se seguían para nombrarlos y su designación era acompañada por una nota firmada por la estancia ministerial y recibida a altas hora de la noche arropados por el anonimato que la oscuridad suele proporcionar a tales actos.

En Maghrit, ciudad a la que pertenecía, las cosas sucedían así. Ya nadie se preguntaba cuándo habían surgido los vigilantes de la calles, pero existían, nadie se preguntaba cuándo colocaron miles de cámaras por la ciudad en pro de un control de la seguridad del ciudadano pero las cámaras habían proliferado como las margaritas silvestres en un campo virgen y ahora todos debían fijarse si pertenecían a un grupo social u otro para saber por qué zonas de la ciudad podían pasar y cuáles habían quedado censuradas a su categoría. Hasta incluso los semáforos se regían por unas claves distintas al resto del territorio circundante y el ámbar pasó a significar parada inmediata si no querían ser sancionados con una multa…

Ya nadie recordaba nada  sólo las estancias vacionales que disfrataban en ESTOCOLMO.

To Be Continued…

PEPA Roble

LA TÍA CASCA

La leyenda de La tía Casca: Trasmoz, cuyo castillo situado sobre una loma fue construido en una sola noche con la ayuda del diablo.

En su Carta Sexta, cuenta Bécquer que abandonó Lituago para dirigirse a Trasmoz con el fin de conocer su castillo. En su gusto por los parajes más ásperos y accidentados, tomó el camino más largo y dudoso, hasta que se perdió.
Preguntó a un pastor el camino del pueblo, y éste se lo indicó lo mejor que pudo. Pero antes de despedirse le advirtió que no tomara la senda de la tía Casca si quería llegar sano y salvo a la cumbre, pues por allí andaba penando el alma que, “después de dejar el cuerpo, ni Dios ni el diablo han querido para suya.”

– Y ¿en qué diantres se entretiene el alma de esa pobre vieja por estos andurriales?
– En acosar y perseguir a los infelices pastores que se arriesgan por esa parte de monte, ya haciendo ruido entre las matas, como si fuese un lobo, ya dando quejidos lastimeros como de criatura o acurrucándose en las quiebras de las rocas que están en el fondo del precipicio, desde donde llama con su mano amarilla y seca a los que van por el borde, les clava la mirada de sus ojos de búho y cuando el vértigo comienza a desvanecer su cabeza da un gran salto, se les agarra a los pies y pugna hasta despeñarlos en la sima…
El viajero quiere sonsacar al pastor diciéndole que todo eso de las brujas y los hechizos no eran sino antiguas y absurdas patrañas de las aldeas.

– Eso dicen los señores de la ciudad, porque a ellos no les molestan, y, fundados en que todo es puro cuento, echaron a presidio a algunos de los infelices que nos hicieron un bien de caridad a la gente del Somontano despeñando a esa mala mujer.
Y el pastor le cuenta la historia. La tía Casca era muy conocida en Trasmoz. Los vecinos del lugar la acusaron de ser la ejecutora de males de ojo y todos los hechizos imaginables. La persiguieron hasta el precipicio en cuestión, y a pesar de los ruegos y súplicas de la anciana, fue arrojada al arroyo donde murió.

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GINER DE LOS RÍOS

DON FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS por Antonio Machado

“Los párvulos aguardábamos, jugando en el jardín de la Institución, al maestro querido. Cuando aparecía don Francisco, corríamos a él con infantil algazara y lo llevábamos en volandas hasta la puerta de la clase. Hoy, al tener noticia de su muerte, he recordado al maestro de hace treinta años. Yo era entonces un niño, él tenía ya la barba y el cabello blanco. En su clase de párvulos, como en su cátedra universitaria, don Francisco se sentaba siempre entre sus alumnos y trabajaba con ellos familiar y amorosamente. El respeto lo ponían los niños o los hombres que congregaba el maestro en torno suyo. Su modo de enseñar era socrático: el diálogo sencillo y persuasivo. Estimulaba el alma de sus discípulos -de los hombres o de los niños- para que la ciencia fuese pensada, vivida por ellos mismos. Muchos profesores piensan haber dicho bastante contra la enseñanza rutinaria y dogmática, recomendando a sus alumnos que no aprendan las palabras sino los conceptos de textos o conferencias. Ignoran que hay muy poca diferencia entre aprender palabras y recitar conceptos. Son dos operaciones igualmente mecánicas.

Lo que importa es aprender a pensar, a utilizar nuestros propios sesos para el uso a que están por naturaleza destinados y a calcar fielmente la línea sinuosa y siempre original de nuestro propio sentir, a ser nosotros mismos, para poner mañana el sello de nuestra alma en nuestra obra. Don Francisco Giner no creía que la ciencia es el fruto del árbol paradisíaco, el fruto colgado de una alta rama, maduro y dorado, en espera de una mano atrevida y codiciosa, sino una semilla que ha de germinar y florecer y madurar en las almas. Porque pensaba así hizo tantos maestros como discípulos tuvo. Detestaba don Francisco Giner todo lo aparatoso, lo decorativo, lo solemne, lo ritual, el inerte y pintado caparazón que acompaña a las cosas del espíritu y que acaba siempre por ahogarlas.

Cuando veía aparecer en sus clases del doctorado -él tenía una pupila de lince para conocer a las gentes- a esos estudiantones hueros, que van a las aulas sin vocación alguna, pero ávidos de obtener a fin de año un papelito con una nota, para canjearlo más tarde por un diploma en papel vitela, sentía una profunda tristeza, una amargura que rara vez disim1uaba. Llegaba hasta a rogar les que se marchasen, que tomasen el programa H el texto B para que, a fin de curso, el señor X los examinase. Sabido es que el maestro no examinaba nunca. Era don Francisco Giner un hombre incapaz de mentir e incapaz de callar la verdad; pero su espíritu fino, delicado, no podía adoptar la forma tosca y violenta de la franqueza catalana, derivaba necesariamente hacia la ironía, una ironía desconcertante y cáustica, con la cual no pretendía nunca herir o denigrar a su prójimo, sino mejorarle.

Como todos los grandes andaluces, era don Francisco la viva antítesis del andaluz de pandereta, del andaluz mueble, jactancioso, hiperbolizante y amigo de lo que brilla y de lo que truena. Carecía de vanidades, pero no de orgullo; convencido de ser, desdeñaba el aparentar. Era sencillo, austero hasta la santidad, amigo de las proporciones justas y de las medidas cabales. Era un místico, pero no contemplativo ni extático, sino laborioso y activo. Tenía el alma fundadora de Teresa de Ávila y de Iñigo de Loyola; pero él se adueñaba de los espíritus por la libertad y por el amor. Toda la España viva, joven y fecunda acabó por agruparse en torno al imán invisible de aquél alma tan fuerte y tan pura. … Y hace unos días se nos marchó, no sabemos adónde. Yo pienso que se fue hacia la luz. Jamás creeré en su muerte. Sólo pasan para siempre los muertos y las sombras, los que no vivían la propia vida.

Yo creo que sólo mueren definitivamente – perdonadme esta fe un tanto herética-, sin salvación posible, los malvados y los farsantes, esos hombres de presa que llamamos caciques, esos repugnantes cucañistas que se dicen políticos, los histriones de todos los escenarios, los fariseos de todos los cultos, y que muchos, cuyas estatuas de bronce enmohece el tiempo, han muerto aquí y, probablemente, allá, aunque sus nombres se conserven escritos en pedestales marmóreos. Bien harán, amigos y discípulos del maestro inmortal, en llevar su cuerpo a los montes del Guadarrama. Su cuerpo casto y noble merece bien el salmo del viento en los pinares, el olor de las hierbas montaraces, la gracia alada de las mariposas de oro que juegan con el sol entre los tomillos. Allí, bajo las estrellas, en el corazón de la tierra española reposarán un día los huesos del maestro. Su alma vendrá a nosotros en el sol matinal que alumbra a los talleres, las moradas del pensamiento y del trabajo.”

Hay maestros a los que no les hace falta un empeño fatuo de crear un lugar o espacio mítico con su lugar de nacimiento para que sus alumnos le quieran, le estimen y le recuerden siempre. Les bastaba simplemente con tener empatía, corazón y mucha inteligencia.

PEPA Roble

LENGUAJE DE MUDOS

lenguaje sordomudos1

CONDENADO POR DESCONFIADO

Diez años ha que persigo
a este monje en el desierto,
recordándole memorias
y pasados pensamientos;
y siempre le he hallado firme
como un gran peñasco opuesto.
Hoy duda en su fe, que es duda
de la fe lo que hoy ha hecho,
porque es la fe en el cristiano
que sirviendo a Dios y haciendo
buenas obras, ha de ir
a gozar de él en muriendo.
Este, aunque ha sido tan santo,
duda de la fe, pues vemos
que quiere del mismo Dios,
estando en duda, saberlo.
En la soberbia también
ha pecado, caso es cierto.
Nadie como yo lo sabe,
pues por soberbio padezco.
Y con la desconfianza
le ha ofendido, pues es cierto
que desconfía de Dios
el que a su fe no da crédito.
Un sueño la causa ha sido;
y el anteponer un sueño
a la fe de Dios, ¿ quién duda
que es pecado manifiesto ?
Y así me ha dado licencia
el juez más supremo y recto
para que con más engaños
le incite agora de nuevo.
Sepa resistir valiente
los combates que le ofrezco,
pues supo desconfiar
y ser como yo soberbio.
Su mal ha de restaurar
de la pregunta que ha hecho
a Dios, pues a su pregunta
mi nuevo engaño prevengo.
De ángel tomaré la forma,
y responderé a su intento
cosas que le han de costar
su condenación, si puedo.